Conozco el pasado. Veo fragmentos del futuro. La mayoría me llaman monstruo... puede que tengan razón. Hace ya muchos años de todo, séptimo hijo de la séptima hija de un brujo, nacido la precisa noche de una conjunción que solo se daba cada siete veces siete años. Las siete estrellas hermanas surgieron de otras tantas cumbres montañosas, y vi la luz. La luz y la oscuridad. Así debe ser uno llega, otro se va. Aquella que te da la vida, rauda la pierde, dandote su don. Tuve un nombre, lo ignoré, no significaba nada para mi. Tampoco lo significaron las piedras de los demás niños, sus gritos de monstruo, sus insultos... yo veía más allá. Mis sueños ya me habían mostrado aquella noche, aquella nave, venida de más allá de las siete estrellas, una nave negra como la noche, que reunía a más de mi condición. Una mujer vino a buscarme, yo la esperaba ya con mis cosas listas. Sus ojos eran la muerte, el más puro odio a lo que yo era, su némesis, su opuesto, todo lo contrario a ella. Durante mucho tiempo viaje en aquella nave, recogiendo a otros. Muchos morían. Otros enloquecían. Yo leía, historias de grandes héroes de un pasado glorioso. Pasaron años. Crecí. Y llegamos a nuestro destino, al origen. Nos condujeron, con extremo cuidado, como a monstruos. Mi don me había advertido de que pasaría. Le vi. Esa imagen aún perdura en mis retinas, lo único que queda de mis ojos. La mayoría enloqueció y murió al instante. Yo fui educado, entrenado. Ahora sirvo. Ahore se quién soy. Solo la muerte me liberará de mi tarea. Soy un psíquico, un adivino, una manisfestación viva de la voluntad del Emperador. Me llamo Lion Dorn.